Ponemos nombres a dioses que no vemos,
deidades que jamás pisan la tierra.
Entidades magnánimas
a quienes pedimos constantemente perdón.
Ellos no mitigan nuestras penas
ni entienden de nuestras derrotas.
Depositamos en su ausencia la esperanza,
y a cambio,
solo cosechamos culpas y castigos.
Como el cielo calla
y el invierno avanza sin tregua,
levantaré mi propio altar
en la montaña más alta.
Hasta esa cumbre llevaré mi ofrenda.
Porque es allí, en la piedra desierta,
donde encuentro el consuelo.
La fuerza exacta para seguir caminando,
cargando con el peso de mi vida
entre la niebla y las sombras.
Y al final, tras la última pendiente
,
descubriré que la luz no caía del cielo;
descubriré que la luz no caía del cielo;
brotaba con fuerza de mis propios pasos,
capaz de disipar la niebla,
capaz de derretir el invierno.


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