Intento ser como el tejón de "El viento entre los sauces", símbolo del sentido común, el coraje y la determinación, sabio ermitaño, leal con sus amigos, amante del buen tiempo y de los rayos del sol, y busco el equilibrio entre lo que yace bajo la tierra y lo que descansa sobre ella.

Intento ser como el tejón de "El viento entre los sauces",simbolo del sentido común,el coraje y la

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Intento ser como el tejón de "El viento entre los sauces",simbolo del sentido común,el coraje y la determinación, sabio ermitaño,leal con sus amigos, amante del buen tiempo y de los rayos del sol, y busco el equilibrio entre lo que yace bajo la tierra y lo que descansa sobre ella.

18/1/22

AÑOS DE INTERNADO

 


Difícil, si no imposible imaginar que exista un cántabro sin vínculo con Santander.
Desde mi infancia hasta la madurez mi memoria se resiste a olvidar todo lo que aprendí y me enseñó “la novia del mar”.

Dejando apartados los momentos ingratos, permanecen siempre sobre ellos, los buenos recuerdos de mis años de internado en el colegio de los Salesianos.

¿Quién me iba a decir entonces que en aquella Cuesta de la Atalaya, que tantas veces bajé y subí, vivía la niña que con el paso de los años se convertiría en mi faro, mi guía y en la madre de mis hijas?.
Cuando los sábados por la tarde nos bajaban al centro de paseo, mis ojos de niño pueblerino fueron descubriendo encandilados, un mundo hasta entonces para mi desconocido.

Los “trolebuses”, los chorros de agua que bailaban en la fuente de la plaza del Ayuntamiento, muy cerca de un caballero montado a caballo, los patos en el estanque de los jardines y la escultura que honra José María de Pereda, escritor costumbrista que tan bien describía paisajes que me resultaban más cercanos, como aquellos bueyes y aquel carro cargado de “yerba”.
No sabía entonces que con el paso de los años acabaría viviendo en Polanco, el pueblo donde el escritor nació.
No había barreras para acercarse al puerto para ver los barcos, o pasar un buen rato mirando las cañas lanzadas por aquellos pescadores , que, sentados en el muelle, esperaban con infinita paciencia que picara algún “mule”, el cebo que guardaban en una lata de tomate que siempre tenían a su lado.
Aquella tarde visitamos un viejo dragaminas, con el casco de madera y mil singladuras que estaba atracado en el muelle.

Por la noche soñé que me enrolaba en él y desperté sobresaltado naufragando en plena tormenta cuando las corrientes me arrastraban hacia un horizonte donde se adivinaba la playa de una isla desierta.
Era frecuente pasar por la plaza de Pombo para ver y animar al equipo de balonmano del colegio, antes de regresar y subir fatigosamente la cuesta de la Atalaya, cuando ya las primeras luces se encendían y sobre todas destacaban unas rojas de aquel local que a mis ojos resultaba intrigante y pecaminoso a pesar de su inocente nombre: “El Santo”.
En la bodega cercana apuraban el último trago y cambiaban la ropa de paisano, por el verde caqui, antes de regresar al cuartel, los soldados que como nosotros habían disfrutado la tarde libre de un sábado.

Tampoco sabía yo entonces que pasados los años, volvería a subir aquella cuesta para tallarme y recoger el petate que me acompañaría en dos largas jornadas en el tren, hasta llegar a Córdoba, y cumplir el servicio militar entre los chaparros de Cerro Muriano.
Cansado iba a la cama, saboreando aún la galleta napolitana con olor a canela que como postre extraordinario nos daban en la cena de los sábados, esperando con incertidumbre que mis padres vinieran desde el pueblo a visitarme el domingo.

Todo dependía de que no hubiera tareas en el campo e hiciera buen tiempo pues no fueron pocas las mojaduras que pillaron montados en la Vespa.
No vinieron y nunca olvidaré aquel domingo en que una copiosa nevada cubrió las calles y los tejados de Santander.

Todo el día viendo nevar a través de los cristales esperando turno para echar una partida en los futbolines de la sala de juegos.

Una breve tregua de la nevada permitió que nos dejaran salir al patio del recreo para pisar la nieve.
Gozosos y alborotados emprendimos una guerra sin más armamento que las bolas de nieve.

En pleno fragor de la batalla un inoportuno patinazo dio con mis huesos en el suelo causándome una posible fractura en un brazo.

Conteniéndome las lágrimas acabé en la enfermería y allí pasé la noche en vela, las aspirinas y la pomada apenas mitigaron mis dolores.
Tardó en amanecer y el lunes a primera hora el medico consideró conveniente realizar una radiografía.

José María el enfermero, me acompañó al ambulatorio de la calle Isabel II para hacerme la primera radiografía de mi vida, que confirmó la rotura del cúbito.
Salí del ambulatorio con el brazo escayolado.

Con la misma precaución que bajamos, subimos la cuesta evitando resbalar de nuevo en la nieve que poco a poco se iba convirtiendo en agua en las aceras.

Recuerdo con simpatía a aquel enfermero de Valladolid que me acompañó y me atendió los días que pasé en la enfermería, aunque añoré los cuidados que hubiera recibido mi madre.
Ella y mi padre se enteraron de mi “desgracia”, una semana más tarde, en aquellos años no había móviles y la distancia hasta el pueblo que hoy parece tan corta entonces era larga para la Vespa y había que subir muchas cuestas.

Casi un mes estuve escayolado.

Una mañana al abrir temprano las ventanas de la enfermería, José María escuchó a la “panchonera” que con la “garrota” a la cabeza iba pregonando su mercancía.
“Sardinas, almejas, lirios, chicharros…
Provocó mi risa y tuve que deshacerle el entuerto cuando me preguntó por qué en Santander vendían juntas las flores y el pescado.
Creía él, que los lirios eran las plantas que crecen en el campo.
Tenía buen carácter y fue mi cómplice.

Podía haber sido un sábado más, pero aquel amaneció soleado a pesar de que aún estábamos en invierno.

Yo seguía escayolado pero me dejaron salir con los demás internos, era algo excepcional, pero ese sábado nos llevaron a pasar el día entero en La Maruca.

Cada uno con sus viandas, alegres y contentos, cruzamos tapias, trochas y caminos, por aquellos prados donde solo había casas de labranza y ganado, deseando llegar a la orilla del mar.

Yo iba advertido, “no se te ocurra mojarte y humedecer la escayola”, me había dicho Don Tomás, un cura, serio, de gesto agrio, alto, muy alto, tan alto que le quedaba corta la sotana.

¿Cómo exigir obediencia a un niño de doce años que vivía tan lejos de las olas?.

La escayola acabó empapada y yo pasé todo el tiempo intentando que no lo viera Don Tomás.

Misión imposible, de regreso al colegio, el chivato de turno dio parte del estado de mi escayola y nada evitó que me llevara un buen tirón de orejas.

Fue José María quien me auxilió aplacando la regañina del cura quitándole importancia a la avería y él se encargó con buenas artes de recomponer y recuperar la rigidez de la escayola.

Fue el año que Masiel con su famoso “La,la,la” ganó el Festival de Eurovisión cuando se creó la hoy desaparecida Escolanía Santo Domingo Savio y recuerdo con agrado el día que fui seleccionado para formar parte de la misma.

Cantar me gustaba más que las matemáticas y asistía con alegría a los ensayos librándome así de tareas que para mí eran menos agradables.

Poco a poco fueron afinando nuestras voces, y no pasó mucho tiempo desde que se formó la escolanía, hasta que empezamos a cantar desde el coro la misa de doce los domingos.
Y que bien sonaban los tubos de aquel órgano nuevo, como nueva era la iglesia.

No tardaron en tener reconocimiento nuestras voces y tan bien cantábamos la misa en latín que fuimos invitados a dar un concierto en la Catedral de Santander.

Yo creo que esa ha sido la única vez que me han aplaudido.

A las doce de la noche terminó el concierto y ya nos vencía el sueño cuando una vez más subimos de regreso hasta el colegio la cuesta de La Atalaya.

Tampoco sabía entonces que mi boda religiosa se iba a celebrar en la Iglesia de María Auxiliadora y que la Escolanía de la que formé parte cantaría durante la ceremonia desde el coro.

Pagando ¡eh!, que por aquellos años ochenta la escolanía había adquirido un gran prestigio y tenían su “cachet”, aunque he de reconocer que no me dolió pagarlo pues fueron muchas las felicitaciones que recibí por parte de mis invitados.
Hubo quién incluso me llegó a decir que era la boda más bonita a la que había asistido en su vida.

Y el vínculo con Santander continúa, en Santander han encontrado trabajo y el amor mis hijas. En Santander tengo un montón de amigos y en la cuesta de La Atalaya sigue viviendo mi familia y aunque ya no suba andando resulta casi más cansado encontrar aparcamiento para el coche cuando voy a visitar a los cuñados.

Si aparco en El Pilón me gusta bajar al centro en el funicular que me lleva hasta el Río de la Pila.

Ha desaparecido el Cuartel del Alta y en su espacio hay un moderno campo de futbol.

Donde estaba La Cantina hay un Centro para la Tercera Edad de la que ya casi sin querer y sin apenas darme cuenta voy formando parte.
Más no me pesa, pues todo ello forma parte de mi vida y tiene “El valor de lo vivido”.

Con éste relato he quedado segundo en el XII Concurso de Relatos Cortos "El valor de lo vivido", convocado por la concejalía de Juventud, Educación y Salud del Ayuntamiento de Santander.

La foto es del colegio Salesiano y el comienzo de mi transitada Cuesta de La Atalaya de Santander.

7/1/22

LA LUNA ES UN OMBLIGO...


 ...que resplandece como el sol,  estremece, emociona, cura heridas y abre todos los sentidos.



Y "Si al final te quiebras", pinche en el enlace y encontrarás un cable que te enganchará a la tierra.

Vetusta Morla- Cable a Tierra. 

24/12/21

VIEJO PERO NO VENCIDO...


 ...igual que tú me siento, son iguales tus arrugas y las mías.

Me gusta que me susurres al oído cuando me acerco a ti, que me digas que continúe, que  resista, que luche contra los contratiempos, aunque la vida ponga seres despreciables en mi camino.

Tu sabes de mis decepciones, de mis tristezas, de mis desalientos.

Te acaricio y me cuentas un secreto, me preguntas:

¿Sabes qué me haría más feliz?.

No.

Que cuando yo muera, alguien construya con mis ramas una cuna.








9/11/21

LOS DÍAS RAROS


Dejamos huellas por donde  pasamos, borrando  las que  otros dejaron. 


 Y apagamos las luces que  encendieron, donde no llegaba la luz del sol.

18/9/21

VOLVER A TAJABONE

Hay lugares que cuando los abandonas ya sabes que quieres volver.

Porque sabes que en ellos vas a encontrar la paz.

Sabes que allí vas a entenderlo todo.

Porque allí siempre vuelve el otoño.

Escúchalo: "Tajabone".


 

 

2/9/21

NARCISISMO



Me dicen narcisista porque  

 cuando baja la marea,

 me gusta admirarme

en el espejo dorado 

que cada día me trae la mar.

Isla  de El Castro.