Fuera de las montañas,
cada vez encajo menos en muchas partes.
De pequeño, siempre las veía lejanas.
Si mereció la pena crecer,
fue porque acercándome a ellas,
desde sus cimas pude mirar al cielo.
Dejaron que descubriera
todos sus secretos,
que entrara sin miedo en sus cuevas,
que caminara por senderos estrechos,
que me acercaron a valles inmensos.
Seguí subiendo para escuchar
en lo más alto susurrar al viento.
Dormí al raso y en mis sueños
entré en un cuento,
donde todas las preguntas tenían respuesta,
donde la luna y las estrellas
olían a tomillo, lavanda y romero.
Ellas me enseñaron a saltar
y a mirar al suelo,
a interesarme por lo más pequeño,
lo más frágil, lo más humano
y lo inmaterial.
Ellas me enseñaron a ser payaso,
malabarista, amigo y compañero,
a saludar al sol cuando todo se vuelve negro.
Todo eso aprendí porque ellas me lo enseñaron,
porque ellas lo saben todo.
Saben que me hacen muy feliz,
y saben que a ellas...siempre vuelvo.
Me vendría bien ir a vivir una temporada en Cabaña Verónica, allí seguro que encajo.


Subir a la montaña y contemplar desde allí el mundo, a lo lejos, empequeñecido y distante, debe ser parecido a la sensación de los astronautas que ponen distancia con la Tierra y sus problemas.
ResponderEliminarSaludos.
Desde lo alto de las montañas tal como nos dices se tiene una visión distinta a la que tenemos a ras de suelo.
ResponderEliminarFeliz año.
Saludos.
Ya somos dos, amigo. Me identifico con todas y cada una de esas palabras. La montaña lo es todo, desde la base hasta la cima. Es un camino lleno de aprendizaje que nunca se agota y que, al menos yo, nunca encontré en ningún otro lugar. Ellas lo saben todo...
ResponderEliminarY la foto me encanta. Espectacular. Lo primero que sentí al verla fue una bocanada de aire fresco. Libertad. Felicidad.
Gracias