Intento ser como el tejón de "El viento entre los sauces", símbolo del sentido común, el coraje y la determinación, sabio ermitaño, leal con sus amigos, amante del buen tiempo y de los rayos del sol, y busco el equilibrio entre lo que yace bajo la tierra y lo que descansa sobre ella.

Intento ser como el tejón de "El viento entre los sauces",simbolo del sentido común,el coraje y la

4/4/11

CARACTER, DE MANUEL LLANO ( 2 DE 2 )

Viene de aquí. "DÍAS EN SANABRIA".

Una llovizna menuda que da a los senderos reflejo de estaño. Los regatos descienden por la lomba mojada cantando su romance. Marcha el niño muy contento, con las crías atotogaditas en la delantera de su blusa azul, con remiendos negruzcos. No cesan de chillar los corvatuelos en todo el camino, abriendo y cerrando los picos con presteza. Y él acaricia sus plumas finas, relucientes, estremecidas.


Cae la llovizna menudita y brilla el sol. Cuando llueve y hace sol los pastores dicen que es sol de brujas. Canta el monte sus canciones de hojitas verdes, de aguas cristalinas, de bosques sombríos… De los tejados de las cabañas salen serpentinas de humo negro y azul… Marcha el sarruján muy diligente con sus cuervos y con su cayado, con los ojos muy alegres, sonriente, por entre la lluvia del mes de mayo.


Y piensa que los corvatos, cuando crezcan, cuando tengan todo el plumaje, parecerán palomas negras, revoloteando en la braña, en el tejado de la choza. Después los llevará al pueblo y picotearán en el estiércol entre las gallinas pedresas y blancas. En el cuenco de su ánimo ya no cabe más alegría. Va pensando en la sorpresa del vaquero al verle llegar con los cuervos; y en los parabienes de los otros sarrujanes, en las alabanzas que le dedicarán en el pueblo cuando la gente se entere de su valentía. Y en la risa de su padre y en las manos delgadas de su madre apretándole la cara suavemente… No cambiaría las crías ni por unos doblones para comprar un buen toro y unos borceguíes rojos y una pelliza como la de don Antonio el recaudador que es la pelliza más cara de todo el valle… Un aire frío en la nuca y unos aletazos fuertes, rápidos, cerca de sus cabellos ásperos. Levantan los ojos y ve entre la llovizna menudita un gran cuervo que revuela precipitadamente, como si estuviera cansado, como si volviera rendido al nial y pasara al ras de un incendio, de un río ancho y alborotado… Corre el niño por entre el rozo y las árgoma. El cuervo vuela tras él. Siente en la nuca el aire que levantan sus alas. Las crías alzan los picos y chillan más de prisa, más sobresaltadas. Aletazos furiosos del cuervo que se acerca y empieza a revolotear alrededor de la cabeza del sarruján. A veces ve los picos de las alas casi en contacto con su frente. Después se aparta con unos aletazos desesperados y se acerca de nuevo al semblante del niño, descolorido de temor y de zozobra, barruntando ya al pico del ave clavándose en sus párpados, en sus sienes, en su cuello… Corre con más rapidez. No siente los escajos del rozo en sus pies desnudos. Nada más que siente las alas del gran pájaro, el chillar de las crias.

A lo lejos, al pie de aquella colina con un cotorro erizado de piedra se ve la braña entre la bruma. La vista de la choza acurrucadita al socaire de una lastra le da ánimo para seguir corriendo. Pero no puede, no puede correr como él quisiera. El cuervo está ante sus ojos, subiendo y bajando, trazando círculos cada vez más estrechos. Entonces se detiene, levanta el cayado y le esgrime en el aire. Runfa el palo lo mismo que la piedra de una honda. La lluvia rumorea en los escajos y en las rocas. Sigue el cuervo su revoloteo desesperado, cerca del movimiento de la cayada. Se aleja lanzando graznidos fuertes y vuelve a acercarse cuando el palo deja de moverse en el aire en una rotación presurosa. Aprovecha el niño los instantes en que el cuervo se aparta de la amenaza del cayado para seguir corriendo hacia la majada. Una pequeña carrera y otra vez las alas batiendo ligeras, cerca de la frente del sarruján mojada de sudor y de llovizna. Más runfidos del palo, más aletazos furiosos. El cuervo está cansado. Sus movimientos van adquiriendo una lentitud de fatiga. Ya no se aproxima a la cabeza del niño, ni cuando el palo deja de moverse en el aire. Vuela despacio, a la altura de aquel fresno seco, de aquella cajiga solitaria, descortezada y hueca. El sarruján camina ahora más tranquilo. Ya está cerca de la braña, ya escucha el ruido del torrente. A los pocos instantes ve que el cuervo desciende con más furia. Sus alas se mueven con más rapidez que antes, su pico le parece más largo, sus ojos parece que están rodeados de unos cerquitos de lumbre. Vuelve el palo a runfar en el aire, a describir círculos rápidos para que el ave no se acerque. Unos graznidos más fuertes, unos aletazos más furiosos, más desesperados, como los manotazos de un hombre que se ahoga en el pozo del río. Parece que el cuervo no ve la amenaza del cayado, ni siente su zumbido. Se agita sobre la cabeza del niño en un vuelo torpe, cansado, débil, y cae en el atajo, a los pies del sarruján, con las alas quietas y el pico abierto… El niño se alegra de su victoria. Allí está el padre de los corvatuelos, respirando con fatiga, con las alas en el barro amarillo del sendero. Se agacha y palpa sus plumas brillantes y las puntas agudas de su pico. El cuervo sigue inmóvil, en la arcilla mojada. Los ojos están abiertos y al sarruján le parece que le miran con una amargura desconocida; le parecen unos ojos humanos llenos de penas y de desconsuelos, a causa de unos maltratos, de unos dolores. Ahora siente mucha lástima de este pico abierto en el leve replano de la vereda, de estas plumas que la llovizna hace brillar más intensamente, de este jadeo de cansancio. Torna a encorvarse y acaricia las alas con suavidad, despacito. Su mano tiembla al pasar y repasar con lentitud la negrura de las alas. Los ojos del ave se abren y se cierran. Poco a poco va olvidando el niño los pensamientos ufanos que ya le hacían oír los parabienes de los sarrujanes, la risa larga y jovial de su padre, las alabanzas de los vaqueros. Ahora nada más que escucha el jadeo del cuervo y los chillidos de las crías. Su mano sigue acariciando las alas lucientes. La bruma esconde la lomba, el cotorro erizado de la colina, la mancha del bosque. La mano del niño se ha detenido en las plumas y las aprieta tiernamente, con suavidad, como a una mejilla, como a la lana barcina del mastín, como el testuz de una vaca mansa, enferma… Su rostro se acerca más a la cabeza del cuervo y le mira con un sentimiento de compasión, de pena, de culpa que se deshace en pesar, en llanto, en una ternura repentina muy honda. Le tiemblan las mandíbulas, se arruga su frente ancha y morena, se contraen sus labios… Y comienza a llorar silenciosamente, con mansedumbre como en una aflicción de amarguras ajenas que entristecen nuestro ánimo antes contento y feliz. Caen las lágrimas en las alas negras como gotitas de lluvia caliente. Y lentamente, con suavidad, con delicadeza, coge al cuervo y le pone al lado de las crías, en el nido de percal de su blusa azul…


Otra vez están el cuervo y las crías en el nido del saliente puntiagudo de la peña, debajo de los arbustos. El niño desmiga el pedazo de borona de su merienda y las migas amarillentas caen en los picos abiertos, en los palos secos, en las yerbas del nial.


Después acaricia de nuevo las plumas brillantes. Y se vuelve a la braña llorando, muy despacio, con la cabeza encorvada, con el palo debajo del brazo…

27 comentarios:

  1. Gracias, Tejón, por haberme brindado la oportunidad de publicar de forma conjunta un cuento tan hermoso y cargado de significado como éste.
    Un fuerte abrazo

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  2. El cuento es precioso, bellísimo, cargado de toda esa ternura y suavidad que se describe en el texto.

    Enhorabuena!

    feliz dia

    Bisous

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  3. Me parece perfecto cuando la ternura compensa la inteligencia, no siempre lo que pensamos mejor para los demás es lo mas apropiado. Nuestra inteligencia se puede equivocar,la ternura nunca.
    Gracias a los dos

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  4. Habeis hecho que me meta en el papel, por la delicadeza y cariño, me ha encantado.
    Un abrazo Tejon

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  5. Lo mismo que dige a Xibeliuss me dejasteis sin palabras.
    Un abrazo

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  6. Me he quedado sin palabras. Me ha encantado. Un relato muy bien trenzado y un vocabulario para enmarcar y guardar como oro en paño.
    Un abrazo.

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  7. Que idea mas buena habéis tenido, y que cuento tan...no sé ¡es hermoso!
    Las fotos son chulísimas. Un beso, Tejón

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  8. · Un cuento precioso. Una experiencia hermosa. En ambos blogs, unas buenas fotografías para ilustrarlo.
    Quizá algún dia se repita. Manuel llano escribió más... y más.

    · Saludos a los dos

    CR & LMA
    ________________________________
    ·

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  9. Precioso;las fotos,el texto,todo me ha echo releerlo.
    Sois unos figuras.
    Un abrazo.

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  10. Gracias a los dos. Un bello relato de Manuel Llano acompañado de buenas fotografías.
    Un abrazo.

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  11. Leo el final con sorpresa y con arrobo, porque la escritura es magnífica.
    Quede aquí anotada mi admiración.

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  12. Buena idea la de la colaboración para este precioso relato... y preciosas también las fotos.
    Buen trabajo y enhorabuena a los dos.

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  13. Gracias,Madame, por su visita y el comentario.
    Un saludo.

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  14. Acertadisimo comentario,Juno,lo hago mio.
    Un saludo y gracias por pasar.

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  15. No sabes cuanto me alegra que te haya gustado,Arena.
    Un abrazo fuerte.

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  16. Han pasado muchos años desde su publicación y sigue conservando una gran frescura el cuento.
    Gracias por pasar y comentar, Valverde.
    un saludo.

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  17. Gracias,Alma. Es un cuento que cuanto más veces lo leo más me gusta.
    Un beso.

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  18. Tiene otros cuentos,ñOCO.Quien sabe, igual algún día os traigo otro.
    Un abrazo.

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  19. Amigo fosi, me alegro que te gustara, aunque te llevara un tiempo releerlo.
    Un abrazo.

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  20. Gracias,Lito. Manuel Llano resulta bastante desconocido hasta entre nosotros, sus paisanos.
    Un abrazo.

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  21. Francisco Ortiz, gracias por pasar y comentar.
    Un saludo.

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  22. Hola, Hermoso texto bellas imágenes.

    Un placer visitar tu casa bloguera.



    Feliz domingo.

    Un saludo de MA.

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  23. Triste harapiento12 de abril de 2011, 9:04

    Muy bonito y muy tierno. Descubriendo a Manuel Llano; un placer.

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