Fuera de las montañas,
cada vez encajo menos en muchas partes.
De pequeño, siempre las veía lejanas.
Si mereció la pena crecer,
fue porque acercándome a ellas,
desde sus cimas pude mirar al cielo.
Dejaron que descubriera
todos sus secretos,
que entrara sin miedo en sus cuevas,
que caminara por senderos estrechos,
que me acercaron a valles inmensos.
Seguí subiendo para escuchar
en lo más alto susurrar al viento.
Dormí al raso y en mis sueños
entré en un cuento,
donde todas las preguntas tenían respuesta,
donde la luna y las estrellas
olían a tomillo, lavanda y romero.
Ellas me enseñaron a saltar
y a mirar al suelo,
a interesarme por lo más pequeño,
lo más frágil, lo más humano
y lo inmaterial.
Ellas me enseñaron a ser payaso,
malabarista, amigo y compañero,
a saludar al sol cuando todo se vuelve negro.
Todo eso aprendí porque ellas me lo enseñaron,
porque ellas lo saben todo.
Saben que me hacen muy feliz,
y saben que a ellas...siempre vuelvo.
Me vendría bien ir a vivir una temporada en Cabaña Verónica, allí seguro que encajo.

